viernes, 17 de julio de 2009

La red está echada

El capitalismo necesita crear una sociedad altamente consumidora para poder sustentarse, y ya no solo de productos tangibles, contundentes e indispensables para la vida, sino de servicios y objetos absolutamente prescindibles.

Si no hay una necesidad se inventa, pero lejos de aquella definición política encerrada en la famosa frase de Evita, “donde hay una necesidad, hay un derecho”, en este mundo globalizado y entregado al desenfreno financiero, crisis o sin crisis, se potencian los deseos de tener o pertenecer poniendo en marcha una maquinaria ideada para la construcción de la necesidad, pero sin derechos.

La globalización ha logrado ampliar el mundo del consumo. Esa necesidad y ese sentido de pertenecer, de estar, de tener, está enfocada especialmente a los sectores de bajos y medianos recursos, que ingresa al círculo del consumo a través de la telefonía celular, internet, televisión por cable y otras tecnologías comprometiendo aún más su precario, sino ya descalabrado, equilibrio económico.

Para los activadores del deseo, lo importante es que el iluso entre en el sistema. Como dice una antigua canción de Los Twist, “el primero te lo regalan, el segundo te lo venden”, y ya nunca más podrán salir. 

Cuando se ingresa al círculo del consumo para satisfacer esa “necesidad” el usuario argentino ya deja de tener derechos.

El sistema ha tejido de antemano una arquitectura laberíntica que impide encontrar el camino de salida, ya sea desde la voluntad, ya sea desde la posibilidad legal.

Aquellos que cayeron bajo el “hermoso” canto de las sirenas, sin haberse atado al mástil del barco para resistirse a la tentación, tal como lo hiciera Ulises en La Odisea, quedarán irremediablemente atrapados por siempre jamás en las garras de seres bellamente engañosos.

Pero las sirenas no bastan. Primero hubo que convencer a una sociedad que “lo normal” era vivir en una economía de mercado que regulara las condiciones y la competencia, para mejorar y permitir el ingreso de las nuevas necesidades por venir. Hubo que destruir el estado regulador, para privatizar los servicios que nos permitieran vivir como en el primer mundo.

Una vez destruido el poder del Estado dador de servicios, hubo que crear nuevas reglas para blindar el poder privado vendedor de servicios. Logrado eso, hubo que poner en marcha la otra logística. La construcción del nuevo paradigma social. El nuevo sujeto consumidor, muy alejado de aquel proyecto revolucionario del Hombre Nuevo.

Caímos en la trampa. Internet telefónico primero, Bancha Ancha después, Wi-Fi, telefonía celular, tecnología 3G, computadores personales de última generación, televisores, cámaras fotográficas y videograbadoras digitales, y un sinnúmero de nuevas herramientas profundamente atractivas, atrapantes y muy útiles en determinadas actividades pero alejadas de las necesidades básicas que siguen sin ser satisfechas de una amplia franja de la sociedad.

Pero cuando se está adentro ya es tarde.

Así los usuarios iniciarán el largo camino del desengaño, del displacer, y lo peor, sin derechos. Bastará con hacer una prueba. Intentar dar de baja un servicio en empresas privadas monopólicas que no respetan contratos, ni cumplen garantías, y con tarifas que en los países del primer mundo considerarían una estafa.

La red está echada y rebalsa de peces. Pero como dijo un pesimista. Lo peor está por venir.